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Este artículo, firmado
por Javier Hemandez Arsuaga, se publicó en el nº 83 de Txistulari,
dedicado íntegramente a Isidro Ansorena con motivo de su fallecimiento. |
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| Quisiera hacer un canto enfervorizado de ellas, en virtud de los inolvidables años que colaboré y participé con él en trabajos ilusionados por nuestro Txistu y que como un afortunado, tuve la suerte y el gozo de sentir y compartir, todas las excelsas cualidades personales que poseía cuyos destellos irradiaba en todos y cada uno de los momentos de su trato afectivo. Mas no es éste el objetivo de estas breves y escuetas líneas que pretenden, ya que no abarcar, plasmar y evocar su figura como txistulari, en sus cuatro principales aspectos, de intérprete, pedagogo, constructor y compositor. En todas ellas existe un denominador común que es su formación autodidacta. De familia txistulari, conoce y siente el instrumento desde muy joven, recibiendo las primeras lecciones en casa, ampliándolas después con quien él recordaría siempre con afecto y admiración, Juan José Cestona. A partir de aquí, su acervo cultural se irá nutriendo con sus observaciones hasta que, resultando madura su innata cualidad musical, comience a propagar sus saberes y enseñanzas a través de su intensa dedicaci6n al ejercicio de su amado y querido oficio de TXISTULARI. Como intérprete, Ansorena ha sido el virtuoso del txistu; pero no uno de esos mal calificados de "virtuosos" que aturden y emboban al auditorio con sus espectaculares y desenfrenadas ejecuciones, sino el virtuoso que sirve a la música presentándola con un sello personal, un carácter inconfundible que produce su talento de genio. Estaba en posesión de toda la técnica que requería el instrumento para interpretar el repertorio existente y que él mismo se había encargado muchas veces de ampliar buscando inéditos efectos, merced al dominio que ejercía sobre el mismo. Su fraseo era perfecto, ajustándose a la más depurada y estilista escuela musical. La ligadura, tan difícil en el txistu, los matices dinámicos, aún hoy negados por muchos como imposibles para el instrumento, la agógica y demás elementos de expresión eran observados por Ansorena con toda la rigurosidad que requieren las más exigentes reglas del arte de la música. Ajustada su digitación, sin un movimiento de más, un trino donde no hiciese falta, todo ello realizado con la sencillez que debe presidir el movimiento de los dedos con su correcta postura y colocación. El golpe de lengua era claro y poderoso y ágil su mecanismo en las articulaciones dobles y triples. El tamboril no era para él un elemento accesorio, sino un instrumento complementario integrante de su función que dominaba y ejecutaba también de forma magistral. El sonido de su txistu tenía un encanto y
una dulzura particular, tanto por la bondad del instrumento como por la
maestría de su manejo. De porte elegante, daba prestancia y devoción
a la figura del Txistulari. Tenía un detalle que causaba en mí una mezcla de asombro y admiración y era su precisión en las ejecuciones. El detalle, el efecto, la respiración, el giro, siempre igual, siempre exacto, preciso, justo, a su debido tiempo y con la misma rigidez matemática en las varias interpretaciones que de la misma obra hacía. Si tenemos en cuenta la pobreza de signos expresivos que presentan la mayoría de las partituras del repertorio y hasta lo simplemente que están escritas muchas de ellas, cabe reconocer que únicamente el genio creador innato de Ansorena era capaz de conseguir semejante dominio de la técnica interpretativa y musical.
Durante más de veinticinco años impartió de forma generosa con afán y espíritu admirable, la enseñanza en el Conservatorio Municipal de Música de San Sebastián, en clase inaugurada por él, donde ponía de manifiesto su sapiencia al lado de un carácter afable con trato cariñoso hacia el alumno que veía así incrementado su afición y su entusiasmo, con tan buenos resultados para el futuro. Todo eran facilidades por su parte, las horas dedicadas , incontables; a todos satisfacía y sus frases de aliento servían de estímulo y acicate para el aprendiz. Pero su amabilidad no estaba exenta de exigencia, como cuando decía: "Despacio, despacio, que ya tendrás tiempo luego de correr". Y así, del acertado ensamblaje que de ambos aspectos hacía, consiguió, no sólo, formar una verdadera pléyade de magníficos txistularis, sino también amigos que recuerdan con verdadero encanto las clases de Conservatorio de lsidro Ansorena Ha sido en esta faceta el verdadero creador de una escuela de txistularis, que se distingue por su musicalidad, su preparación y su comportamiento. Como constructor de txistus, dotó a los instrumentos
de un carácter más "goshua" y de una afinación
más regular en todas sus notas, a la vez que de una calidad excelente
de sonido. Cuando el año 1922 el joven Ansorena se hacía cargo de su plaza de primer txistulari Ayuntamiento Donostiarra, tuvo como primera iniciativa solicitar de la Corporación el repertorio de su antecesor, Eusebio Basurko, a lo que respondieron no podían complacerle por ignorar su paradero. Con gran resignación por esta contrariedad, percatándose de la importancia que tenía para él contar con un número de composiciones para dar debido cumplimiento a su labor comenzó a trabajar en la creación del suyo propio, consciente de la envergadura de la empresa que las circunstancias motivaban. Al cabo de dos años y cuando, superadas las primeras dificultades, había conseguido reunir un material apreciable, el Ayuntamiento le comunica que habiéndolas encontrado, pone a su disposición las obras que manejaba Basurko. Cuantas veces comentaba este hecho Ansorena, reconocía que sin haber mediado aquella extraña coyuntura habría emprendido en la medida que lo hizo la magna y tremenda tarea que fue parte principal de su actividad txistulari. Compuso obras originales, muchas de ellas como obligación dimanante de su cargo de presentar anualmente al Ayuntamiento un dado mero de nuevas composiciones, realizó armonizaciones, arreglos, adaptaciones de toda clase de música, bien de concierto, bailables, zortzikos, religiosas, himnos, etc. etc. hasta crear extenso repertorio de más de 700 partituras. Como compositor se distingue por su sencillez, claridad, popularidad y elección óptima del registro sonoro del instrumento. Su obra mejor y más querida: «Birigarroa» Luego, «Ana Mari», «Nere Erriko Jaiak», «Ume Eder Bat», dedicada al Conde de Peñaflorida, «Nere Basetxea» y un largo etc. entre las que encuentran «Txistulari Elkartea'ri Erri Poza» con coro y 2 zortzikos con letra, titulados «Agi gabiria-tar Jesús, Abeslari Bikaña'ri» y «Maitasuna». Como artista superdotado, influyó sobre los
compositores en la realización de sus obras, consiguiendo valiosas
aportaciones al repertorio.
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